Distorsionar la realidad es positivo (hasta que deja de serlo…)

Distorsionar la realidad es positivo (hasta que deja de serlo…)

El término «distorsión de la realidad» se refiere al modo en el que los seres humanos interpretamos la información del mundo que nos rodea, alterando o modificando los estímulos originales de forma interna y silenciosa. Un proceso invisible que, a pesar de su aparente connotación negativa, tiene una intención original positiva, aunque nos pueda complicar la vida en el intento.

Hay distorsiones que son comunes para toda la especie, pues surgen de nuestras propias limitaciones sensoriales, como puede ser la percepción de que el arco iris tiene forma de puente, cuando su forma real es circular, o la impresión de que el sol sale y se mete cada día, aunque sea la Tierra la que se mueve. Y otras dependerán enteramente de cada individuo, del momento del día en el que se encuentre, de sus horas de descanso, de sus hábitos, de su historia… y condicionarán su experiencia particular.

Todos distorsionamos la realidad de un modo u otro, dejando de prestar atención a información que podría ser clave o más irrelevante. Es un proceso que nos ayuda a funcionar sin que nuestro sistema nervioso se colapse y, en general, nos permite encontrar un sentido lógico en todo lo que vivimos (que lo nuevo se parezca a lo que ya conocemos).

La singularidad de las distorsiones es que pueden modificar la percepción de la realidad notablemente y hacer que «veamos», «escuchemos» y «sintamos» una realidad que puede que no esté siendo tal cual la «vemos», «escuchamos» o «sentimos». Por ejemplo, si creo que los todos los hombres hacen daño, porque uno específicamente me hizo daño en el pasado, esa creencia distorsionará la forma en la que veo a los hombres y cómo estos se dirigen a mí, ignorando a todos los que sean amables y respetuosos.

Las distorsiones son también la respuesta a la pregunta: «¿cómo es posible que dos personas vivan la misma experiencia y discutan acerca de lo que ha pasado?», haciendo que los significados y experiencias ante el mismo estímulo se distancien entre dos individuos que comparten espacio-tiempo.

Por ejemplo, si un coche está aparcando frente a mi casa haciendo muchísimo ruido y yo no estoy siendo consciente de ese ruido porque toda mi atención se encuentra dedicada a escribir este artículo, probablemente describa mi realidad con una frase como «el ambiente era silencioso», pero mi vecina podría indicar que, en el mismo espacio-tiempo, «el ruido era insoportable».

¿Quién tendrá la razón? Ambas. Pero podríamos discutir acaloradamente por ello, garantizando que la otra no está en lo cierto…

O, si creo que todos los jefes son «unos enchufados incompetentes», estaré distorsionando la realidad para que sea cierta para mí, generalizando algo que ha pasado una o varias veces en mi pasado a todo lo que viva a posteriori e ignorando, por ejemplo, los buenos resultados o aptitudes de los que hayan llegado a ser jefes por méritos propios.

Esta última bien podría ser una distorsión limitante si mi vida laboral depende de relaciones jerárquicas en las que yo soy subordinada.

La buena noticia es que todos podemos aprender a reducir nuestras distorsiones enriqueciendo nuestra percepción.

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