leer la mente

«Leer la mente» de los que te rodean no es un superpoder

¿A cuántas personas conoces que sean capaces de leer la mente de otras y saber qué sienten, piensan o cuál es su intención sin ni siquiera preguntarles? Yo no conozco a nadie, aún así, muchos actúan como si lo supiesen.

Seguro que te sonarán algunos de los siguientes ejemplos de «mentalismo» en tu día a día:

«Mi jefe no me respeta».

«Mi novio me va a dejar».

«No le gusto a mi cuñado».

«Veo que no te apetece nada mi plan».

«No te importo».

«Sé lo que estás pensando».

«Es lo mejor para ti».

¿Por qué afirmamos tan categóricamente conocer las intenciones, pensamientos o sentimientos de un tercero incluso antes de que nos las haya contado?

Entre otras cosas porque vinculamos comportamientos (me mira de reojo) o ausencia de comportamientos (no me da un ascenso) a significados de nuestra historia personal que generalizamos para todo, descontando que para otros pueda ser distinto (por ejemplo, me mira de reojo = no le gusto; no me da un ascenso = no me respeta).

Estas generalizaciones hacen que asociemos comportamientos como levantar una ceja o falta de contacto visual a simplificaciones dentro de «nuestro mundo», un mundo que podría no tener nada que ver con el mundo de la persona que tenemos enfrente y, por ello, se convierten en simples expectativas (si me respetase, ya me hubiese ofrecido un ascenso) que resultan de la falta de flexibilidad.

Este tipo de patrón lingüístico genera una gran cantidad de dificultades en la experiencia y resulta muy frecuente en personas que no solo se creen «mentalistas», sino que también esperan que los demás sepan lo que piensan o sienten sin que tengan que comunicárselo (no será una expectativa realista…).

Cómo retar el mentalismo cotidiano

Cuando te descubras sacando conclusiones acerca de lo que otros piensen o sientan gracias a tu lenguaje, recuerda que estás asumiendo que sabes lo que ocurre en el interior de otra persona que no eres tú y que, alternativamente, bien podrías preguntar o, al menos, aceptar que existan otras variables.

Veamos algunas de esas variables en tres conversaciones que parten de una percepción limitada de lo que se dice, una percepción que el interlocutor B sabe retar y ampliar sin ponerse a la defensiva.

A: «Sé que no te apetece nada mi plan y que estarías más feliz quedándote en casa» (mentalismo).

B: «¿Qué has visto en mi comportamiento que denote desgana?».

A: «Tu expresión y las cejas levantadas».

B: «Estaba mirando si iba a llover…».

A: «Mi jefe no quiere ascenderme» (mentalismo).

B: «¿Cómo lo sabes?».

A: «Porque no me convoca a reuniones a la hora de comer».

B: «No agenda comidas con nadie desde hace tiempo».

A: «Sé que no me estás diciendo la verdad» (mentalismo).

B: «¿En qué te basas para decir eso?».

A: «En que no me has mirado a la cara».

B: «Asumir que no mirar es igual que mentir es reducir notablemente tus opciones».

Con el «mentalismo», podrías incluso estar ignorando aspectos tan importantes de la realidad como que, el que tienes enfrente, ni siquiera esté reaccionando ante tu presencia sino a un estímulo que nada tiene que ver contigo… Reúne toda la información posible del mundo exterior antes de complicarte la vida de forma innecesaria. Incorpora la flexibilidad y nuevas variables aparecerán en tu percepción y en tus relaciones.

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