La educación de un hijo puede verse como una montaña demasiado alta cuando pasas a ser consciente de tu influencia como modelo de conducta en él, especialmente cuando empiezas a ver reflejadas, de una forma más o menos explícita, tus actitudes y comportamientos ante la vida en sus propias actitudes y comportamientos. Entonces preferirías esconder la cabeza bajo tierra cual avestruz para negar el problema o acusar a la otra parte, antes de admitir tu parte de responsabilidad, pero los hijos nos obligan a crecer cuando el amor que nos une se deja ver, aunque inicialmente opongamos resistencias, lo cual supone mucha renuncia del ego y humildad para abrirse a uno mismo (el autoconocimiento es duro). Pero también nos regalan una gran motivación para hacerlo: ellos se merecen un futuro mejor.
Y no importa cuántas veces le repitas a tu hijo «¿qué te pasa? Exprésate» o «papá y mamá quieren ayudarte, cuéntanos cómo te sientes», que recibirás una negativa por respuesta si lo que ha visto en ti es represión emocional o hábitos mejorables, como pedir «perdón» de forma automática cada vez que sientas que vas a llorar o te comportes de forma humana. Si no te permites ser tú mismo, él tampoco se permitirá hacerlo.
Cuando eres capaz de ver que te has convertido en un modelo de conducta, comprendes que «solo» tienes que darte permiso para vivir, para expresar la riqueza de tus emociones y para ser imperfecto, sin ocultarte. Así le estarás dando permiso también a él. Esa es la grandeza y la magnitud de ser padres, lo que nos hace más receptivos a nuevas oportunidades de crecimiento, favorece que les miremos con gratitud y que soltemos los inútiles reproches.
Todos hemos tenido modelos de conducta que lo hicieron lo mejor que pudieron pero que, con sus comportamientos y creencias, influyeron en nuestros propios comportamientos y creencias, muchos de ellos aparentemente inofensivos y que aceptamos como algo absolutamente normal, como no permitirnos llorar en público, buscar aprobación constante, sentir culpa cuando estamos tomándonos tiempo para nosotros mismos, etc. Al menos hasta que los vemos reflejados en nuestros hijos y eso nos regala la oportunidad de cortar la cadena y crecer como personas. Por amor a ellos, por amor a ti.

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