La próxima Navidad ¿con tu familia, con mi familia o con la nuestra?

La próxima Navidad ¿con tu familia, con mi familia o con la nuestra?

Las Navidades son un difícil trámite para muchas personas que sufren, literalmente durante semanas, la llegada de unas fechas que les generan conflicto interno por el mero hecho de sentirse arrastradas a reuniones familiares que no les apetece llevar a cabo y/o que conllevarán esfuerzos económicos y emocionales extra, por ejemplo por tener que desplazarse a lugares diferentes al de su residencia habitual.

A esto hay que añadir las expectativas que hemos creado como sociedades modernas alrededor de estas fechas, muy influidas por el marketing de consumo navideño que idealiza el concepto «familia» e incrementa la presión de alcanzar un estado de plenitud en una época ya de por sí compleja.

No es difícil, por tanto, que las Navidades sean el tema central de uno de esos primeros enfrentamientos de la pareja que forma su propia familia, la cual aprende rápidamente que eso de «dividirse» entre propios y ajenos tendrá mucho de mejoría y requerirá una gran capacidad de cambio personal.

Pero, ¿y si pudiésemos mirar el conflicto más allá de la ceguera que nos genera? La vida nos pide crecimiento a través de dificultades pues, de otro modo, nos negaríamos a seguir creciendo. Mirémoslo entonces desde esa perspectiva.

Entonces, ¿por qué no soltar el «repartirnos por Navidad», el «resignarnos y aguantar en casa del otro», por qué no cambiar «los tuyos y los míos» por algo nuevo como «lo nuestro»?

Mirar al presente bien podría ser la única solución para dejar atrás el deseo inconsciente de repetir lo anterior y a los anteriores, permitiéndonos ser nosotros mismos y, sobre todo, permitiendo a nuestros hijos vivir una vida propia, en armonía. Entonces el conflicto habría sido totalmente necesario para dar paso a algo mejor, progresado, autónomo y basado en la libertad y no en las condiciones.

No es habitual educar para la libertad y, cuando uno se hace adulto, debe elegir si quiere dar el paso para que sus hijos sí puedan ser libres.

«Nada es tan nuestro como lo que dejamos en libertad para que se vaya y no se va»; Zab G. Andrade.

¿Familia o sistema familiar?

El término «familia» es demasiado vago, no todos lo comprendemos por igual y, por tanto, se convierte en una receta para malentendidos y para la manipulación del que quiere que el otro se adapte a «lo suyo».

La sistémica familiar ofrece la claridad necesaria a este respecto: todos pertenecemos a todo y, dentro de ese todo, existen campos de pertenencia, entre ellos, cada sistema o núcleo familiar.

Según el orden jerárquico natural de los sistemas familiares, lo nuevo prevalece, con respeto individual, sobre lo anterior.

«El sistema familiar más reciente tiene preferencia sobre el sistema más antiguo. Por lo tanto, la familia actual tiene preferencia sobre la familia de origen, la familia creada al tener un hijo de una relación adúltera, tiene preferencia sobre la familia «oficial». El sistema del hijo sólo puede tener éxito, si el de los padres se retira y les respeta su autonomía e independencia económica. Respetar el orden sistémico permite vivir con paz, confianza, sentirse útil y querido»; Brigitte Champetier de Ribes.

Los retos llegan cuando este orden no se comprende o se desatiende, cuando los vínculos entre los sistemas no son actualizados al momento presente o no corresponden a la relación que nos une…

La culpa del «niño» que teme dejar de pertenecer

La independencia de cada ser humano, tras años de fidelidad a los que permitieron su supervivencia, será lenta y, para muchos, inalcanzable. No serán capaces de hacerlo de otro modo…

Los que se resisten a dejar atrás el pasado serán los que más presionen para que la Navidad sea «con los suyos», «porque todos lo hacen así», «porque lo normal es que…». Prefieren renunciar a su libertad, ignorarla a pesar del posible conflicto presente, antes que enfrentarse a la culpa del que se separa, del que crece.

«Lo que mantiene a las personas en esa dependencia, además de la necesidad de seguridad, es el sentimiento de culpa. Si se quieren alejar, deberán poder soportar primero su propia culpabilidad de querer ser distintos. Y en segundo lugar, el miedo al rechazo y a la exclusión por parte del grupo, lo que requerirá disponer de una fuerza poco común.

Sólo los niños sienten culpa. Los niños tienen miedo a dejar de pertenecer, tienen miedo de que les rechacen por lo que han hecho. De pequeños, pertenecer al «clan» es lo mismo que sobrevivir. Cuando crecemos, la independencia se paga con la culpa. Así, cuando nos convertimos en adultos y no seguimos las reglas de nuestro sistema familiar de origen, en lo más profundo de nuestro ser tenemos el mismo miedo a morir que tuvimos de niños»; Brigitte Champetier de Ribes.

La persona que elige adoptar una creencia diferente a la de su familia de origen, desde el respeto («yo he crecido y ahora elijo mis propias tradiciones») se hace autónoma y el conflicto evoluciona.

Probablemente no todos estarán de acuerdo con su decisión y recibirá juicios que le pondrán a prueba, necesitando definir nuevos límites que permitan su crecimiento y bienestar. No se trata de desear cambiar a los que no piensen como él, ni de borrarles de su vida, sino de elegir el presente tal como es y hacerse creativo con lo que le toca.

El que juzga al que se hace autónomo («no puedes hacer eso», «me hace daño que no vengas», «¿ahora te importa ella/él más que tu familia?», etc.), al que decide independizarse del pasado, lo que realmente le dice es: «lo mío es bueno, lo tuyo no», «yo soy superior y tú no sabes hacerlo como yo», «los que son diferentes, ponen en peligro aquello en lo que yo creo, por tanto, los rechazo».

Con esa actitud tribal, que excluye al que no piensa igual, se excluye también al nuevo sistema familiar o, si no hubiese todavía tal sistema, al adulto que se hace independiente, sin amor por la vida que nos pide evolucionar con ella y hacernos responsables de lo que nos toca en cada momento (y de nada más que de lo que nos toca).

«Existiría el mayor respeto por todo lo que se va transmitiendo, no habría ningún odio, si la juventud pudiera decir libremente y sin peligro:

Esto lo tomamos de vosotros porque es sólido, honesto, porque todavía es válido para nuestra época y susceptible de ser desarrollado más aún. Pero esto otro lo rechazamos. Fue verdadero y útil en vuestra época. Pero para nosotros se ha vuelto inútil.

Naturalmente, esa juventud deberá prepararse para aceptar más tarde la misma actitud de parte de sus hijos»; Wilhelm Reich.

Las cosas cambian. Tómatelo con humor

Me gustaría cerrar este artículo trayendo a la memoria una campaña de marketing de 2016 en la que la app de reservas de hoteles «HotelTonight» recordaba, con humor, que evolucionar no pasa por seguir replicando el pasado, sino, quizás, por enfrentarse incluso a la abuela por Navidad 😉.

Rezaba así: «¿Estás listo para las vacaciones de Navidad? La abuela está inflando tu colchón de aire y revisándolo por segunda vez. Tal vez este año deberías visitarla, no quedarte…».

 

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