obligar a dar un abrazo a un niño

Tus hijos no le deben un abrazo a nadie

Insistir que un niño bese o abrace a un familiar o conocido cuando no quiere hacerlo, invalida sus sentimientos, sugiriendo que presiones externas (los sentimientos de la abuela, por ejemplo) son más importantes que sus propias necesidades y elecciones. Obligar a los niños a dar abrazos o besos les envía, además, un mensaje problemático: «tienes que decir que sí para ser amable, aunque no quieras». Y, cada vez que les recompensas con respuestas positivas ante esta obligación («oooohh, ¡qué mono!», «muy bien, hijo»), les enseñas que es posible manipular el consentimiento y los límites a cambio de un halago o quizás algo peor…

Sugerir a los niños que no tienen control sobre sus cuerpos, es una idea que distorsiona el afecto, el contacto físico y el consentimiento, contribuyendo negativamente a la hora de prepararles para llevar a cabo decisiones saludables en futuras situaciones de intimidad. Y no te olvides de que, en una gran mayoría de casos, son los propios miembros de la familia o del entorno los que abusan de los menores (datos de Save The Children).

Por último, justificarte o pedir perdón «en nombre de» un niño que se niegue a dar un beso o un abrazo, diciendo algo a la otra parte como «lo siento, es tímido» o lanzando un juicio hacia su identidad en lugar de hacia su comportamiento («hay que ver qué tonto eres hijo»), contribuye muy negativamente en su autoconcepto, afectando a su autoestima e invalidando sus sentimientos.

Por todo lo anterior, me gustaría recordar a los padres y educadores que creen que si no coaccionan a sus hijos desde pequeños en ámbitos reservados a conductas de complacencia y/o apariencias sociales, perderán la oportunidad de educarles para ser abiertos, cálidos y afectuosos, que la educación más efectiva para ayudarles a ser libres es sugerir sin anular, mostrándoles opciones que les inviten a reflexionar de forma creativa y, si lo prefieres, mostrándoles cómo lo haces tú.

A los padres nos toca darles herramientas y ayudarles a pensar, no decirles lo que tienen que pensar o transmitirles nuestras propias carencias. Con el tiempo, los niños desarrollan habilidades sociales apropiadas para todos los contextos en los que se muevan y, si no lo hacen, tienen todo el derecho a vivir su propia vida con sus propias reglas. Y eso será perfecto.

Es una observación que quiero compartir desde que escribía acerca de los adultos y los límites personales en el libro «Más Vale Bueno Por Conocer». Difícil educar en límites cuando uno mismo carece de ellos…

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