Los niños nos imitan y aprenden nuestras creencias y conductas, también aquellas que después nos hacen pronunciar jocosamente: «¿De quién lo habrá sacado? ¡Yo no le he educado así!». Así que a los padres nos toca salir del modo avestruz y continuar agachando la cabeza, pero con humildad, para adoptar el modo mejora continua por ellos, lo cual en muchas ocasiones pasará por mirarnos con el suficiente amor propio para aceptar que nuestros hijos nos hagan de espejo.
Porque transmitimos todo tipo de mensajes inconscientes a nuestros hijos desde bien antes de que utilicen sus propias palabras. Si bien muchos de esos mensajes les ayudarán y no será necesario cambio alguno, otros serán limitantes y nos pedirán poner algo de nuestra parte para ofrecerles una alternativa mejor.
El primer paso es reconocerlos y, para reconocer por ti mismo esos puntos ciegos que desembocan en conductas mejorables, una buena herramienta es la observación consciente de tu lenguaje. Por ejemplo, cuando les hablas, ¿te suena la frase «date prisa» repetida con continuidad? ¿Y alguna de las siguientes expresiones? Obsérvate a partir de ahora y lo verás.
«Rápido», «no hay tiempo para…», «corre», «¡vamos!», «¡no vamos a llegar!», «ponte en marcha», «vas pisando huevos», «siempre llegamos tarde por tu culpa», etc.
Frases aparentemente inocuas como «date prisa, que no llegamos» o «esfuérzate para acabar antes», repetidas a diario por padres y otras figuras parentales, normalizan el esfuerzo por vivir apresurados, haciendo que esos niños se conviertan en adultos que no saben vivir el momento presente (el placer de comer en pausa, la calma de dedicarse tiempo, la importancia de prestar atención a lo que están sintiendo, de escuchar a alguien sin mirar qué hora es, etc.), pues se estresarán por llegar a otro momento y a otro lugar, un lugar cuya relevancia ni siquiera se plantearán, pero que siempre priorizarán sobre el «ahora».
El niño que crece con este tipo de órdenes y que las almacena como normas incuestionables acerca de cómo vivir, porque sus padres así se lo han trasladado, probablemente se convertirá en un adulto que no considerará la existencia de alternativas como el tiempo para uno mismo y actuará de forma compulsiva para vivir en agitación, sin planificación, haciendo muchas cosas pero «sin hacer nada», teniendo la sensación de que no llega a ninguna parte a pesar de los esfuerzos y de que todo va demasiado rápido («¡¿ya es viernes?!»). Vivir agitado y «sin rumbo» será su normalidad.
Ese adulto, en algún momento sentirá que su vida le agota, pues habrá dedicado grandes cantidades de energía durante años a tareas sin dirección y no habrá priorizado lo esencial. Ante todo, tendrá dificultad para definir objetivos que le nutran, pues se lanzará a la vida sin saber lo que desea obtener de esta y así continuar en agitación. La agitación habrá sido su único rumbo…
No será difícil que ese niño al que sus agitados padres apremian para finalizar el desayuno, se convierta en un adulto que posteriormente atosigue a sus propios hijos para que también finalicen el desayuno, programando la misma actitud de vida que sus padres programaron previamente en él en una nueva generación. Y todos justificarán que es «necesario» vivir con prisas con todo tipo de excusas («el trabajo es lo primero», «hoy en día el estrés es lo que toca», «el mundo actual nos empuja a vivir a toda velocidad», «los niños son tan lentos…», etc.). Su estrés será algo totalmente natural y lógico desde su percepción del mundo (también innecesario 🤷🏻♀️). Hasta que alguien rompa la cadena…
Alternativa consciente
Tan solo se necesita que uno de los padres se haga consciente de su dificultad (sí, es tu estrés, es tu falta de planificación, quizás tu miedo a hacer cambios para que tu familia funcione mejor…), elija cambiarla y después le diga a su hijo, sea la hora que sea:
«Tómate tu tiempo, hijo».
Con esta frase, el padre dará permiso al niño para que comprenda que el momento presente es lo único que importa y que el tiempo para uno mismo es prioridad.
Puede que el primer día no funcione, la gestión del tiempo con hijos es un reto, pero cuando uno se hace consciente de sus propias limitaciones y se abre a modificarlas, con el tiempo todo mejora.

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