tecnologia y niños

Usa la tecnología para simplificar tu vida, no para silenciar a tus hijos

Cada momento ha tenido distintas vías de escape accesibles y socialmente aceptadas para evadirse de la vida y de las responsabilidades que conlleva. Hoy en día, además de clásicos como el consumo de alcohol social, son los dispositivos con acceso a internet los que más nos alejan del momento presente y consciente. Además, pueden hacernos dependientes del deseo de convertirnos en lo que no somos y del brutal descontento de sentir que no somos lo que deseamos ser cuando regresamos a la vida a este lado de la pantalla…

  • Obsérvalo. Cuando surge una oportunidad de simplemente estar contigo mismo en el Metro, en el autobús o en la sala de espera del médico, ¿te aferras a tu smartphone para evitar «estar» o vives el momento presente tal como llega?

Evadirnos tras un dispositivo cuando algo nos incomoda, nos aporta una rápida y adulterada sensación de seguridad que impide que nos sintamos vulnerables ante momentos de aburrimiento o de dificultad social que nos encantaría hacer desaparecer. Con el sencillo acto de agachar la cabeza para mirar la pantalla, evitamos crecer emocionalmente en cada uno de ellos y dejamos de responsabilizarnos de lo que nos toca, consumiendo cualquier contenido innecesario para agotar nuestra mente y silenciar el silencio.

Aprendemos a disociarnos de nuestros cuerpos en la infancia, es un mecanismo que nos ayuda a «abandonar» nuestra realidad física y a abstraernos cuando no nos apetece vivir lo que se presenta a nuestro alrededor. Como cuando un niño cierra los ojos y cree que nadie le ve… Pero ya no somos niños…

Padres y tecnología

Con la tecnología, también se suelen negar a los hijos y al compromiso continuo de la paternidad.

  • En la mesa del restaurante se les ponen dibujos y canciones «para que no molesten» (y así no tener que pasar por el mal trago de educarles…); en el viaje en el carro, el móvil sirve para que no lloriqueen; y de adolescentes, ni se recuerda a la persona detrás de la pantalla, entran y salen de casa con ella en la mano y nos sigue pareciendo algo tan lógico, tan «de hoy».

Pero con estos sencillos gestos que normalizamos con miles de excusas, también normalizamos que nuestros hijos aprendan a no saber vivir y que elijan la «otra realidad» cuando su vida les moleste. De hecho, normalizamos que su vida les moleste.

Un experimento que no sabemos cómo acabará

Fingir las vidas que no tenemos para obtener atención y desear las de los demás, era tan solo el principio, ahora estamos educando a nuestros hijos para que lo imiten y lo interpreten desde sus pequeños mundos en los que no existen ni límites ni criterio.

Si pensamos en el poder que los dispositivos conectados a internet tienen sobre nosotros, tendremos la pista acerca de lo que nuestros hijos sienten cuando les exponemos a ellos cuando no toca. Con la dificultad de que, un niño, no se puede permitir contemplar la vida con madurez y será incapaz de distinguir entre la teatralidad de las vidas vividas en internet y la realidad que tiene a su alrededor.

En este experimento, que no sabemos cómo acabará, en el que las relaciones innecesarias, los perfiles innecesarios y la información innecesaria parecen necesarios, todavía estamos a tiempo de utilizar la sensatez. Alternativamente, me imagino un mundo en el que la cultura de las apariencias y las compras emocionales harán insostenible el consumo responsable, un mundo en el que los padres educaremos a seres sin autoestima e incapaces de adquirir una imagen propia, que vivirán una montaña rusa de emociones cuando no obtengan el reconocimiento de los demás, seres que harán lo que haga falta para obtener validación a cambio de vacío, descontento y aislamiento personal a largo plazo.

Los beneficios de las nuevas tecnologías y del acceso a internet son infinitos, pero requieren aprendizaje, conductas digitales saludables y educación consciente. Usemos la tecnología para simplificar nuestra vida, no para deshacernos de esta.

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