para toda la vida

Cuando el concepto «para toda la vida» pesa

Hay algo muy propio de la infancia en la idea de que algo pueda congelarse «para toda la vida», una etapa en la que lo permanente tranquiliza y frases como esta o «para siempre» confieren seguridad. Una casa, un amigo, la juventud de los padres… se imaginan permanentes porque la idea protege.

Por eso seguimos buscando esa ilusión cuando crecemos, al menos durante un tiempo, resistiéndonos a aceptar la incertidumbre de la vida y, sobre todo, el cambio propio y ajeno. Escogemos una ciudad, una relación, un trabajo, un objeto, la imagen de uno mismo, un color de pelo… confiando en que no tendremos que volver a cuestionar esas circunstancias o a tener que volver a ser elegidos, porque la ilusión de la permanencia infantil nos regala una temporal sensación de ser capaces de paralizar el movimiento.

Una perspectiva ingenua que muchos adultos deciden vivir de por vida, en la que el «éxito» pasa a relacionarse directamente con la ausencia de cambio y se traduce en personas «luchando» por mantener trabajos, amistades, relaciones, en las que han dejado de sentirse bien hace tiempo. Porque ese significado infantil que asocia el éxito a la permanencia del «para toda la vida», se contradice con el bienestar. Ese «para siempre», pesa.

Y quizás el único «para toda la vida» adulto que permita la viabilidad sea aquel que continúe la frase con una condición madura: «sí, pero solo mientras sigas cambiando y yo junto a ti», un «para toda la vida» que nos abra a la adaptación y a que la vida nos sorprenda.

«Sí, pero solo mientras sigas cambiando y yo junto a ti».

Porque solo lo que sabe cambiar tiene posibilidad de durar. Las botas que aceptan un remiendo, el camino que se reconduce con los pasos allí donde antes no existía nada, la casa que se reforma para ser un nuevo hogar, la idea que evoluciona con el tiempo… Las cosas siguen siendo funcionales cuando aceptan el desgaste, la reparación y la transformación. ¿Tus «para toda la vida» lo aceptan?

Lo permanente, tal como lo imaginábamos de niños (inamovible, idéntico, fijo, congelado en el tiempo), es inviable. Porque los objetos se estropean, el cuerpo cambia, las ideas se transforman y las relaciones también.

El compromiso de «para toda la vida» en una relación tiene mucho de refugio y también de fantasía. Quizá por eso el compromiso más honesto no sea «seremos los mismos para toda la vida», sino «te acompañaré aunque hayas dejado de parecerte a lo que escogí y, por favor, sigue escogiéndome cada día también tú a mí».

«Te acompañaré aunque hayas dejado de parecerte a lo que escogí y, por favor, sigue escogiéndome cada día también tú a mí».

El problema no es que algo cambie o se agote, sino que luchemos utópicamente contra la impermanencia con frases como «para toda la vida», para no sentir el dolor de la pérdida a la que nos anticipamos y buscando mantener un significado obsoleto de seguridad que necesita actualizarse. Porque la verdadera seguridad no consiste en evitar el dolor aferrándonos a imágenes infantiles, sino en seguir sintiendo confianza mientras dejamos de resistirnos a nuevos momentos y a nuevos comienzos.

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